27 febrero 2007

EL PERFUME DEL DESIERTO


"un grupo de jóvenes beduinos cabalgaba por el desierto con su jefe, quien era un hombre religioso y, además, un gran líder. En su camino se toparon con un enorme palacio en ruinas. Los jóvenes cabalgaron por las habitaciones vacías deshaciendo yeso y ladrillo para oler de qué estaban hechos. Uno de ellos grito: "En esta arcilla hay una mezcla de aceites de rosas y flores de azahar". Otro Exclamó: "¡En esta tierra se huele el aroma del jazmín! ¡Qué hermoso!"
El jefe se quedó apartado sin decir nada. Una vez que los jóvenes habían cabalgado por todas las habitaciones, disfrutando de las diferentes fragancias que aún podían olerse en la arcilla del palacio en ruinas, preguntaron al jefe: "¿Cuál es su perfume favorito?". Él Sonrió y se asomó lo más que pudo por una de las ventanas del palacio hacia el vacío viento del desierto. Estiró las manos y las ahuecó, luego las mostró a los jóvenes y dijo: "¡Huelan esto! El mejor de todos los perfumes es el perfume del desierto, puesto que no huele a nada".

Una década más tarde me encontraba sentado en París con una vieja amiga sufi, una gran traductora, estudiosa y buscadora de la verdad, con quien traducía algunos trabajos de Rumi. Le conté el cuento y le pregunté lo que significaba para ella. Permaneció mucho tiempo callada y luego dijo:

Cada vez que pienso en los sufis o el sufismo, me imagino el desierto. Pienso en lo agreste del desierto, en su terrible y su encantadora soledad, su silencio, su pureza. Pienso en como en el desierto se siente uno al mismo tiempo aniquilado y, sin embargo, totalmente vivo y presente en todas las cosas que nos rodean, como si de pronto nos hubiéramos convertido en la arena que va de un horizonte a otro, y en el cielo, tan vasto y vacío, tan impasible. También pienso en lo que está escrito en el Corán: "Todo es perecedero, excepto el rostro de Dios". El desierto es el Rostro de Dios, el último espejo en el que los seres humanos ven su condición de nada y su absoluto esplendor en Él. Los sufis pasan su vida mirando el espejo del desierto, incorporando a su vida la pureza, la gloria y el rigor del desierto. Y en los grandes filósofos y poetas sufis podemos oler lo que el jefe del cuento llama "el mejor de todos los perfumes": el perfume del desierto, la fragancia del vacío, el dulce perfume extático y embriagador de la Presencia que es a la vez Todo y Nada.

Me conmovió lo que dijo, pero yo quería que hablara del cuento mismo. Así que le pedí que me dijera lo que el cuento le decía. "Para mí está claro":, dijo.

Quizás el tener 80 años ayuda a que esté tan claro. El palacio en ruinas es el mundo con todos sus juegos, deseos y proyectos; cada uno está hecho de algún deseo "aromático" que deja una huella persistente. Viene a mi memoria un fragmento de Four Quarters, de T.S. Elliot: "La ceniza en la manga de un viejo es toda la ceniza que dejan las rosas quemadas". Todas las alegrías del mundo, a pesar de lo bellas que sean, pasan y no pueden quedarse mucho tiempo. El único perfume eterno es el que huele a la condición de nada de Dios; es este perfume, esta gnosis, esta dicha y éxtasis, lo que todos los místicos pretenden "oler" porque saben que los embriaga el Bienamado y los invita a fundir su identidad con Él.

Se detuvo y miró sus manos artríticas y viejas con una sonrisa irónica. "Y cuando has olido ese perfume, ya echaste a perder tu vida porque ninguna otra cosa tendrá esa fragancia y todo tu ser se llena de nostalgia".



Extracto de la introducción del libro Perfume del desierto - Tesoros de la sabiduría sufi de Andrew Harvey: